Mi mundo no es de este mundo

¿Cómo habrá de ser, pues, mi mundo?

Pasamos por diferentes esferas… Es cierto, ya casi no habrá mundos como “éste” en las otras esferas.

¿Qué son las otras esferas? Las otras esferas o planos de manifestaciones son otros universos… Ahí la vida se puede manifestar con sus Leyes propias en nada parecidas a estas que conocemos aquí en este Planeta.

Cuanto más vibracional y menos densa sea la existencia, las vidas se van acoplando a esa nueva estructura.

Cierto, ya no serán necesarias las materialidades que nos han atrapado en este plano, pero, sobre todo, ya no hay en esos lugares dominio de ninguna especie.

Aquí la vida se forjó para la supervivencia y evolución, basada en el dominio o predominio,… tanto es así que hubo unos seres que se creyeron superdotados al poder comprobarse como dueños de ingenio, que ellos califican de “inteligencia”.

El ingenio que supo preponderar sobre las materialidades para dominarlas, no para moldearlas, transformarlas y crearlas, sino para hacerlas esclavas.

Existe, pues, esa latencia vibratorio-energética negativa que se ha impuesto y transmitido, casi hasta por golpe de genes,  y que es la que ha prevalecido hasta ahora en esta especie a la que yo pertenezco en esta vida: la humana, nuestra especie común.

Esta dominancia han procurado llevarla rectilíneamente a fuerza de “enseñanzas”, “educaciones” y domesticaciones, según pintase la época, pero siempre con un mismo trasfondo, procurando que esa herencia, ese legajo, costumbre o tradición no se perdieran, impidiendo de esa forma cualquier otra manifestación o desviación y liberación de los especímenes de las razas humanas de esas reglas impuestas, de las reglas que han venido imponiendo sucesivamente generación tras generación de forma que ningún ser humano pudiera escapar de ese laberinto.

Tengo que recordar y reconocer que si en esta vida hubiese nacido en cualquier otra zona del planeta o con otra piel, quizás lo hubiese tenido más difícil, pero hubiese llegado hasta donde mismo ahora me manifiesto, con lo cual me declaro totalmente libre e independiente (bajo los conceptos sociales o de tiempología); me declaro un ser no afect@  a mi condición sexual; no dependiente de mi condición de piel; no afect@ a mi condición de edad temporo-espacial. Sí me declaro un ser Único que sólo pertenece a su Esencia propia, a mi parte de correspondencia divina como expresión y me declaro un ser Espectador y Ensayista de mi propia vida intransferible, a la vez emanando hacia el exterior con todo lo que ello comporta en interacciones de todo tipo.

Ante todo y en estos tiempos, tengo que reconocer que no me siento unida a la especie humana como tal, por sentirme desligada del conjunto de este “mundo” impuesto.

No me declaro, por tanto, ni ciudadana, ni mujer, ni madre ni colega como no me declararía, de igual manera, hombre de haber nacido en esa condición sexual. Me acepto como lo que soy y siento: una unidad vibratoria dotada de un cuerpo físico que vive en conjunción con la Madre que le ha tocado: la Tierra, y todos mis hermanos congéneres: todas las especies vivientes y todas las partículas que me conforman y que me envuelven, dentro y fuera de mí, con lo cual me declaro receptáculo de todas las fuerzas vistas y no vistas (perceptibles y no perceptibles), pero que secundan mi existencia.

Pudiera por tanto ser una partícula de luz, como una gota de agua, la hoja de un árbol o toda una selva; pudiera ser un río o un mar; pudiera ser cualquier ser mineral o de savia fría o caliente; pudiera ser parte del polvo estelar o simplemente viento.

Reconozcámoslo: en este mundo nos “enseñan” que el fuego quema, pero no nos enseñan qué es el fuego o qué es el viento o qué es el agua en sí misma, ya ni mencionar los espíritus que los conforman; te pueden decir que son formaciones de tales y tales partículas o átomos, pero la realidad, la esencia es que no saben qué es el fuego, el agua o la tierra o las especies vegetales o animales (por qué unas partículas deciden unirse y formar tales estructuras… ahí reside la Anciana Sabiduría).

Esto pertenece a los Órdenes de los Matrimonios o uniones de vibraciones semejantes o de sintonía para crear esas formas materio-expresiones que van estructuradas por la Inteligencia Infinita Creadora que da forma a todas las cosas tal y como las percibimos desde nuestro plano.

Nuestra ignorancia es nuestra soberana inquisidora y hasta que no traspasemos ese umbral, el ser humano, como tal, no empezará realmente a evolucionar en forma-conjunto-especie.

Nombrarnos pues el colofón o los predilectos de “dios” o el Creador, es totalmente falso, como falso es que el Creador castigue o premie y nos tenga una escalera para subir a su trono. Es totalmente falso ese concepto. En estos momentos, si tuviese que decir algo, lo que diría es que siempre seremos (si así lo deseamos) co-autores y co-actores de esa Inteligencia Infinita, también en otros planos o esferas a las que lleguen pocos como realmente amasadores de esa sabiduría, entonces estamos llamados a nuestra misma vez a invitar a subir o a entrar en esas otras esferas a los demás que lo deseen, donde ya lo material no rige.

Volviendo a este plano, hay que construir de nuevo esta Humanidad, que es la que está llamada, y está llamada porque la Perfección sabe que estos planos están y estarán llenos de sufrimiento siempre que la humanidad lo permita y no se digne a dirigir su rumbo hacia esferas más altas.

El tiempo terrenal es incontable, pueden pasar quizás cien o mil años más, pero llegará el punto-encuentro en que voluntariamente o por designios cósmicos, la humanidad tendrá que ir hacia donde son llamados.

No se va a hacer de golpe, las estructuras humanas tendrán que ir modificándose paulatinamente.

Lo único que desean los designios cósmicos es que esto no tenga que hacerse de nuevo por erradicación, ya que en cada proceso siempre se han perdido infinitas piedras preciosas y se ha eliminado la memoria ancestral predecesora de las especies.

Como alguien dijo:

“Hay otros mundos, pero, de hecho, todos están en este.”

Ayudemos a construir-nos de forma distinta, de la forma en que hemos sido llamados.

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