Mensaje en la botella

Anoche, por unos momentos, más o menos extensos, me inundaron las olas del Océano de la Creación. Estuve acompañando a las ballenas y a los delfines, estuve acariciando los peces, las focas y enredando las aguas entre mis dedos, mientras dejaba que se escapasen fluidamente entre las neuronas de mi cerebro.

Anoche, por unos instantes, Mágicos, Milagrosos, los más importantes porque son los que nos arrastran fuera de esta tercera dimensión (tan sufrida y aparente ella, tan abocada a los absurdos de una vida teatral e inhóspita), pude ver unas lucecitas, que, como un Templo, con Siete Raíces y una Entrada Principal, daba luz a esos otros Entes que son a los que, debida y ciertamente, debiésemos de acceder para ser como ell@s mismos son. En esos breves instantes todo mi cuerpo mutó en una paz inmensa, esa paz de la que sólo puedes entender que procede de la Fuente misma de la Luz y la que desprenden esos Entes (no ya evolucionados) sino pertenecientes a la parte más viva del Creador/a. Quizás sea a estos Entes a los que hemos llamado “dioses” o “ángeles”, o simplemente espíritus evolucionados.

La Paz que me invadió no llama a ninguna duda frente a tanta oscuridad por aquí latente: en esos momentos supe que, el humano, como especie, debe acceder, debe abrir esa puerta: porque esa es la puerta a la que estamos destinados para seguir el camino-Evolución en el Cosmos de lo Manifestado. Estas sombras del Creador-a son esas Chispitas Espirituales que transmiten la Paz y la Eternidad misma…

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